La crítica freudiana del hecho religioso representa, sin duda, una de las impugnaciones más inmisericordes de las que se han podido llevar a cabo a lo largo de la historia. Nunca, quizás, se había pretendido enlazar el acto de fe y la práctica de la religión con elementos tan oscuros, primitivos y arcaicos del ser humano: la violencia, la rivalidad, el sexo o el instinto de supervivencia animal. Es como si Freud pretendiera mostrar el negativo de todo lo que la experiencia religiosa pretende manifestar ante sí misma y ante los demás: el mundo del espíritu, de los valores más sublimes, de la generosidad y la plenitud más acabada del ser humano.
Esta deconstrucción de la experiencia de fe y su reducción a los componentes más cuestionables del ser humano ha tenido, sin embargo, una considerable repercusión en nuestra sociedad occidental. En efecto, no se trata ya solamente de que en círculos psicoanalíticos o psiquiátricos (después de todo, bastante minoritarios) la experiencia religiosa haya quedado fuertemente estigmatizada como expresión de un infantilismo o de unos conflictos psíquicos que no se llegaron a resolver, sino que en los ámbitos más amplios de las ideas el hecho religioso quedó marcado frecuentemente por la sospecha y una profunda desconfianza. La vulgarización de los conceptos psicoanalíticos trajo también como consecuencia el que esa sospecha y desconfianza se generalizaran, haciendo pensar a muchos que tras la experiencia religiosa se ocultan siempre mecanismos de represión, proyección, neurosis (son términos que, efectivamente, forman ya parte del lenguaje común, aunque con mucha frecuencia no muy bien entendidos) que acaban alienando al ser humano o, al menos, bloqueando de manera importante su desarrollo y plenitud personal.