La aproximación psicológica a una figura histórica como la de Ignacio de Loyola cuenta con dificultades muy especiales que hay que tener en consideración. En efecto, el intento de delinear la dinámica personal, íntima (con sus aspectos inconscientes incluidos) de unpersonaje, del que tan solo disponemos de una serie de textos escritos y que se desenvolvió en unas circunstancias históricas y socioculturales de hace casi cinco siglos, plantea problemas metodológicos de largo alcance.Toda cautela será poca, si no se quiere venir a caer en burdos anacronismos o psicologismos reduccionistas. Una obligada y saludable relativización hermenéutica se impone, pues, a la hora de emprender un análisis como en el que en este momento vamos a emprender. Lo que Ignacio hizo y dijo hay que situarlo en el contexto de una espiritualidad bien precisa que es la de la Europa católica y contrarreformista del siglo XVI y lo que nosotros hoy podemos pensar de su figura tampoco es ajeno a unos paradigmas particulares que, en nuestro caso, serán los de la psicología que nace en el siglo XX. Ser conscientes de estas limitaciones resulta inexcusable si se quiere valorar en su justa medida todo lo que sobre Ignacio de Loyola podamos hoy determinar.