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ASSOCIATION INTERNATIONALE D'ETUDES MEDICO-PSYCHOLOGIQUES ET RELIGIEUSES
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Tema de trabajo 2013-2016

 

Y la carne se hizo verbo

Karim Jbeili, Presidente

Tema de trabajo - Pdf

Dimensión clínica

 

Es verdaderamente extraordinario que el hombre esté dotado de palabra. Este hecho durante mucho tiempo ha alimentado nuestro orgullo hasta el punto de llegar a creer que éramos criaturas completamente excepcionales en el orden de la creación y que Dios nos había privilegiado dándonos un alma, así como el don de la palabra.

Quizá sería oportuno dar muestras de un poco más de lucidez y sobre todo de modestia. Si queremos tener una posición privilegiada ante Dios, más vale que nos la merezcamos comprendiendo cómo nos ha venido la palabra más bien que presuponer simplemente que nos ha venido de él.

 

Por supuesto, es difícil evocar esta cuestión sin pasar por Descartes que recomienda vivamente que no nos la planteemos. Para él no hay problema: el cuerpo y el pensamiento son cosas radicalmente distintas, y la modernidad ha rentabilizado apresuradamente esta ruptura para hacer de ella lo que somos. ¿Fue esto una buena idea o no? Dejaré a la historia la tarea de decidirlo.

 

Sin embargo hoy tenemos la impresión de haber llegado al final de este paradigma. El espíritu liberado de las coacciones del cuerpo ha podido desplegarse libremente durante al menos cinco siglos, pero, al final de este trayecto, los cuerpos, las culturas, la tierra sufren en silencio  sin encontrar el medio de quejarse mientras que el espíritu está dando vueltas en el paradigma cientista sin poder superarlo a pesar de su incapacidad para dar cuenta de lo que hay en él de ser viviente.

 

Sería ya tiempo de hacer un balance, de retroceder en el tiempo hasta el momento en que se podría cambiar de trayectoria. Propongo que hagamos como si Descartes no hubiera existido. Propongo que vayamos a escrutar con lupa todos los lugares en que el cuerpo y el espíritu se encuentran, donde se mezclan, se confunden. Propongo observar cómo el cuerpo produce su más allá y cómo este más allá puede progresivamente liberarse o no de los vínculos con el cuerpo.  

 

El cuerpo da al Otro, es decir a Dios o a sus substitutos. El supone en el Otro todos los sentidos de que él mismo dispone. Lo cual quiere decir que el cuerpo lleva a (da el) ver, a oír, a oler, a gustar y a tocar al Otro. A partir de este « dar a... » que podría llamarse una oración, todo es posible : bailar, cantar, sacrificar, pintar, alucinar, sufrir, tener dolores, soñar, tener lapsus, actos fallidos, sudar, peerse, cumplir funciones biológicas, en resumen, vivir. Haciendo esto da a leer al otro el relato de su vida. Porque cada gesto se realiza dos veces, siendo la segunda el relato de la primera.

 

Pero el cuerpo puede también estar en la acción voluntaria. Puede utilizar para su provecho   los cinco sentidos que según decíamos había prestado al Otro. Ya no está en el « dar a... » ; ahora él está en el « hacer ». El mira, escucha, siente, gusta, toca. Puede incluso mostrar, hablar, hacer sentir, hacer gustar y dejarse tocar mientras permanece en el “hacer”. El “dar a... » y el « hacer » son dos registros totalmente diferentes. El primero se dirige al Otro, mientras que el segundo se dirige al otro, el congénere.

 

Descartes ha desvitalizado completamente el « dar a... » para privilegiar el « hacer ». Freud ha restablecido una parte de la injusticia rehabilitando una parte del « dar a... », aquella en que se tienen en cuenta los significantes  visuales y auditivos.

 

El cuerpo dispone de una cantidad de otros recursos para dar a leer al Otro, que son algunas veces muy sutiles. Este es el campo que yo os propongo explorar.

 

Dimensión ecuménica

 

Intentando explicitar este tema, sobre todo si está asociado a un congreso que podría celebrarse en un país árabe, me he dado cuenta de que él ocultaba un proyecto ecuménico de encuentro con el Islam y, probablemente, con los Cristianismos orientales. Me hacía falta, antes de proceder a esta explicitación, definir los cuadros en los que podría tener lugar este encuentro ecuménico.

 

Pensar un encuentro ecuménico con Musulmanes, con Cristianos orientales y, por qué no, con Judíos, a algunos kilómetros de la ciudad santa de los tres monoteísmos, en un contexto de pensamiento únicamente cristiano occidental hubiera sido abocarse a un fracaso seguro. Para esperar un encuentro, hay que poder superar el nivel antropológico cristiano occidental para situarse en un nivel de generalidad superior en que los puntos comunes serían claramente identificables. Un nivel de generalidad superior significa un nivel históricamente o lógicamente anterior.  Quiero hablar de la estructura del monoteismo. El monoteismo tiene una estructura de tres elementos : pueblo/profeta/dios 

Entre los tres, hay un sistema de tomar disimétrico.

  • El profeta toma de Dios las tablas de la ley o el Corán. Él es el único que ve a Dios, es decir, toma la imagen de Dios.

  •  El pueblo toma del profeta las insignias imaginarias de su identidad así como el sistema simbólico que va a especificarlo. Él ve y oye al profeta, ve y toca las tablas de la ley o el Corán, pero ni ve ni oye a Dios.

  • Dios toma del pueblo oraciones, sacrificios y dones. El pueblo “da a” Dios. Dios ve, oye, en resumidas cuentas siente al pueblo. Pero el pueblo no puede ver ni oír a Dios. Hay un límite que la percepción del pueblo no puede pasar: es el límite de lo Real.

 

Esta estructura es bastante general. Probablemente podríamos encontrarla en todas las formas de religiosidad. Sin embargo, ella ha sido modificada sustancialmente por el concilio de Calcedonia, en 452, que ha establecido la doble naturaleza de Cristo. Este cambio ha comportado una modificación estructural importante. Dios se convierte en visible para el pueblo.

 

Hay un achatamiento de la figura que convierte en caduco el papel del profeta. El acceso a dios es directo y no está mediatizado por el profeta (1).  La trayectoria de la actividad que hasta entonces era rotativa se convierte en rectilinea. Ver  encuentro ser visto. Oir encuentro ser oido y tomar encuentro dar .

Esta estructura rectilínea hace posible en adelante el narcisismo, hace posible la ida y vuelta de los sentidos. En revancha, el ver y el ser visto se capturan mutuamente y descartan el dar a ver. Oir y ser oídos se capturan el uno al otro y desactivan el dar a oir. Igualmente el tomar y dar se igualan y crean un impasse para ofrecer.

 

La percepción de lo divino y la percepción de si mismo en lo divino relegan el dar a percibir a Dios en los márgenes de la consciencia y se instalan en los sueños, las alucinaciones y las gárgolas de las catedrales. El universo de la oración y de los sacrificios se diaboliza progresivamente llenándose de toda clase de quimeras como un tríptico de Jérôme Bosch.  La oración cambia de forma y se desplaza más bien hacia el lado de la relación con el Dios perceptible.

 

Es esta estructura inventada en 452 que Descartes va a introducir diez siglos después en la filosofía y en la ciencia.  No obstante él va a depurar el sistema de manera radical. Él dirá «La consciencia existe, las quimeras no existen».  El dar a ver, a oir, a oler, a comer, que ya había sido marginalizado por Calcedonia, es descartado definitivamente por Descartes.  Este «dar a...» forma parte de las cosas no totalmente seguras que no merecen quedarse en el sistema.  No deja de ser interesante el hacer notar que este «dar a...» es una posición femenina.

 

Es en este punto preciso donde se puede situar el corte cartesiano entre el espíritu y el cuerpo. Entre el ver/ser visto, el oír/ser oído y el tomar/dar, de una parte, y de otra parte el dar a ver, dar a oír, el dar escuetamente. El cuerpo da a ver, da a oír, a oler, a gustar, y da sin más. Él da  a un ser nombrado como Dios. De hecho, este espacio es el de la oración, el de la negociación con Dios, aquel en que se intenta ablandarlo, doblegar su cólera, interceder ante él.

 

Es este espacio el que Freud redescubre con los síntomas histéricos, los sueños, los lapsus y los actos fallidos y también con el (re)descubrimiento del transfert.  Es que, forzosamente, este dar a ver, a oír, oler, gustar, tocar, se dirige a alguien. Este alguien es Dios o un substituto de una imagen parental.

 

Lo que no quiere decir que Freud haya transgredido la cesura cartesiana. En realidad, él ha desplazado la frontera cuerpo/espíritu para situarla un poco más abajo. Todos los síntomas que él ha señalado están enlazados por una cadena de significantes a un recuerdo del pasado. Pero de una punta a la otra de la cadena, se trata de significantes sonoros o visuales. Todo el resto permanece en cambio en el  orden del cuerpo y depende de la medicina y no del psicoanálisis.  Hay un punto más allá del cual Freud considera que el psicoanálisis no debe intervenir más, un punto que depende de la medicina. Está claro que para él el psicoanálisis se sitúa completamente en el terreno del espíritu.

 

Y es que Freud trabaja en el paradigma cristiano.  Él puede sustraer algunos elementos (inconscientes) a la vigilancia de Descartes, con la única condición que estos elementos sean especularizables (¿????).  Solas la imagen y la voz responden a esta condición.  El resto, el gusto, el tacto, el olor, el dolor, el placer son más del orden de la sensación que del sentimiento y han quedado, por consiguiente, fuera de sus cálculos.

 

Sin embargo Freud, en su segundo tópico, traza una continuidad entre lo inorgánico, lo orgánico y lo psíquico. No obstante, Lacan, en la continuación del segundo tópico, nos ha dado una definición del significante suficientemente flexible para que podamos insertarlo en esta continuidad. Los significantes de Lacán han perdido muy rápidamente su carácter linguístico. Toda huella psíquica o somática de un acontecimiento de la historia de un sujeto puede prevalecer con un estatuto de significante.

 

Disponemos, pues, de todos los elementos necesarios para ir a buscar los acontecimientos  psíquicos y somáticos de la historia de un sujeto y hacerlos entrar en nuestros cálculos. Con la excepción de que el paradigma cartesiano y calcedoniano nos impiden hacerlo.

 

Restaurar los vínculos rotos entre el cuerpo y el espíritu evocando el misticismo, la psicosomática, la música, la oración, el baile, la feminidad, el sueño, el dolor, así como otros aspectos todavía insospechados, permite también salir del paradigma calcedoniano para ir a tantear fórmulas religiosas tan próximas como la Ortodoxia, o también alejadas como el Islam o el Judaísmo. Volver a encontrar los vínculos del cuerpo y del espíritu es también remontar a los orígenes del Cristianismo y volver a encontrar un espíritu religioso que se comparte con otros ritos cristianos y de otras religiones.  

 

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(1) No deja de ser interesante el notar que en el paso de Freud a Lacán, se produce un achatamiento comparable. Para Freud lo que cuenta es la triada niño/madre/padre. Por el contrario, para Lacán, lo que importa es la triada niño/madre/phallo.  El padre no aparece aquí sino bajo la forma de phalo tomado sobre él por la madre.

 

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